Mes: febrero 2016

Somos iguales porque somos conscientes

Con todo este pollo mediático que se ha montado en torno a Alejandro Sanz y el supuesto maltrato que detuvo, yo me pregunto: ¿Detuvo Alejandro Sanz una manifestación de verdadero maltrato machista?

En las imágenes de los medios no se aprecia la naturaleza del incidente, por lo que ¿qué hace a éstos tildar sin género de dudas de maltrato machista lo sucedido? Por la misma razón, por no contar con imágenes -al menos yo no las he visto- no se puede afirmar categóricamente que no lo hubiera. Los medios hablan de zarandeo, lo que, sin imágenes que muestren cómo se produjo, dista mucho de constituir maltrato machista. Los juicios categóricos y simplistas de los hechos son muy amados por los medios de comunicación, más cuando se relacionan con asuntos con gancho, cuando hay un titular impactante asomando la patita sensacionalista.

Dicho esto, y al paso de lo que he leído en la plataforma DRY Asturies, que habla de que la actitud del cantante responde a un “sexismo benevolente” por “proteger a la mujer desde la idea de que es débil e inferior”, tengo que añadir que sí, la mujer es débil, físicamente hablando y en comparación con el hombre; precisamente ahí radica la posibilidad de la existencia del maltrato machista. Es una mera cuestión biológica, pues es el hombre quien posee mayor fuerza física, salvo excepciones y, por ello, es posible el maltrato físico hacia la mujer. No caigamos en la idiotizante concepción de igualdad que extiende la identificación entre hombres y mujeres a todos los ámbitos. La igualdad radica en el disfrute de derechos y cumplimiento de roles sociales, no en la definición misma de la condición biológica, o por este camino acabaremos dando a luz quienes portamos pene y serán las féminas quienes nos inseminen.

Voy a ser eso que está tan poco de moda, lo contrario a populista, incluso a popular; voy a ser antipático. Mujeres y hombres no somos iguales, y no lo somos desde el momento en el que el cromosoma Y hace su aparición. Nuestras diferencias son naturales, biológicas, sin embargo, como contrarresto de las diferencias físicas hemos desarrollado el sentido de la conciencia. No olvidemos que éste es lo que verdaderamente nos define y lo único que nos diferencia del resto del reino animal, donde también se aprecian comportamientos machistas -violaciones incluidas-, por el mero hecho de la superioridad física y el dominio de la vountad en ausencia de la reflexión, de la conciencia.

Si la conciencia nos hace distintos de los demás animales, ¿en qué se traduce su existencia? A través de la conciencia nos reconocemos como individuos y somos capaces de establecer criterios racionales o reglas en la dinámica de las relaciones humanas, en sustitución del instinto. Ahí surgen las leyes y las garantías universales, independientemente de las condiciones raciales, religiosas o sexuales. Todos somos iguales en tanto todos somos merecedores del acceso a los mismos derechos y del amparo de éstos, pero a nadie se le ocurrirá afirmar que el color oscuro de la piel de un africano es igual que el color claro de la de un europeo. Eso se llama diversidad, y es lo que nos diferencia, manteniendo la igualdad jurídica -si la Declaración Universal de Derechos Humanos se respetara, claro está-. De igual modo, las diferencias entre hombres y mujeres alimentan esa diversidad, sin que ello tenga que aparejar discriminación ni machismo que, si sigue existiendo, no es sino el resultado de siglos de cultura patriarcal traidora del sentido de la conciencia, y del imperio de la ignorancia, que hace que muchos y muchas sean machistas sin que la conciencia, aborrecida, les permita reconocerse como tales.

Entonces, ¿qué es una sociedad igualitaria, aquella en la que hombres y mujeres gozan de los mismos derechos, desempeñan los mismos trabajos y reciben una remuneración idéntica? La respuesta parece evidentemente afirmativa, aunque hemos de incorporar un matiz, ya dije que iba a ser antipático. Para ello, recurriré a un ejemplo muy ilustrativo. ¿Por qué las pruebas físicas a superar para ser policía son menos exigentes para las mujeres? ¿Es que acaso no han de desempeñar la misma función que sus compañeros? Si los requisitos necesarios para desempeñar la labor policial con garantías en el plano físico son los que se les exigen a las mujeres, ¿por qué no rebajar el nivel exigido para los hombres hasta ese umbral? y, si los requisitos, por el contrario, son los que se piden a los hombres, ¿por qué no elevar a tal punto los requeridos a las mujeres? Lo que no concibo es que el trabajo a realizar difiera entre unas y otros, ¿por qué exigirles capacidades distintas, entonces? ¿Qué debe primar, el derecho de la mujer a poder acceder a este tipo de trabajos, o la seguridad de los ciudadanos? Si ambas cosas pueden conjugarse, perfecto, si no, parece que la respuesta, también evidentemente, sería la segunda.