Mes: febrero 2015

A vueltas con la estupidez. Del integrismo musulmán y Occidente –o el postintegrismo cristiano-

EI

A nadie se le debería escapar que, hoy por hoy, el terrorismo islamista constituye una amenaza más que seria. A nosotros, sin embargo, a pesar de la globalización mediática, de la presencia constante en los medios de una u otra atrocidad en nombre de la Yihad, la distancia física que se interpone entre nuestras fronteras y las de los países más afectados por este fenómeno, nos proporciona una cierta sensación de tranquilidad.

A pesar incluso de haber presenciado como vecinos puerta con puerta la masacre de ‘Charlie Hebdo’, de tener al horror a menos de dos horas de avión, la seguridad se empeña en creerse dueña de nuestro sentir. A pesar de haber asistido hace una década a la mayor de las barbaries que ha sufrido nuestro país a manos de profetas del horror, ya sean reivindicadores de derechos de autodeterminación o ‘heraldos de Alá’, la distancia, esa indolente zorra que eleva al mundo occidental en atalayas sin vistas, alzadas sobre la niebla espesa que empieza allí donde nacen las otras sociedades, las otras realidades, integrantes todas ellas de la misma realidad, la de un mismo mundo, nos rocía de falsas premisas, nos cubre de ilusiones, nos vende la estúpida creencia de que un planeta dividido en dos es viable -necesario incluso-, de que las murallas que acotan nuestros valores son infranqueables y de que lo que fuera de ellas acontece no nos incumbe.

Pues resulta que, quienes se han empeñado en construir esas murallas, en levantar ciudades y países sobre los cimientos del occidentalismo, vienen hoy a decirnos que debemos mantener un ojo abierto por las noches, que la situación es grave y que requiere contundencia y consenso internacional. ¡Quién se atreve a contradecir tal discurso! Por supuesto que es grave, por supuesto que requiere una acción conjunta de las distintas naciones amenazadas. Lo que a uno le hincha las gónadas es que esa voluntad política nacida del miedo haya permanecido guarecida durante décadas bajo el tejado de los intereses económicos. Sólo hemos echado la vista a Oriente cuando nos llegaban de allí los aromas del oro negro, permitiendo y habilitando la instauración de dictaduras en aras de crear un tablero apto para nuestras jugadas.

Ahora asistimos a un espectáculo teatral digno de Valle Inclán, a un baile de pasos forzados de nuestros líderes mundiales que resultaría cómico si no fuera por la transcendencia de su trayectoria. Parece ser que a uno no le preocupa el incendio hasta que empieza a chamuscársele el culo, y entonces se erige en el jefe de bomberos y aparenta ser el mayor defensor de los bosques.

Pero tampoco puedo pasar de soslayo por esa grandilocuencia periodística sustentada en la valentía, en la encarnación descarnada y ciega de la libertad de expresión. ¡A quién se le ocurriría ponerle límites a la libertad de expresión! Toda sociedad libre que se precie no puede sino sacarle brillo a diario a este principio, pero ésa no es la cuestión. Como de costumbre, la voz cantante de los medios de comunicación se escapa de la profundización, que no es otra que, si bien todo demócrata entiende la libertad de expresión como un derecho omnímodo, el sentido común debe obrar por encima de cualquier derecho. Si yo sé que hacer humor con un determinado tema, por muy legítimo que sea, es entendido por una sarta de desequilibrados como un motivo para matar, quizá deba aguantarme las ganas y buscar otro de tantos y tantos focos de comedia como existen a nuestro alrededor. No se trata de ceder ante su chantaje, se trata, simplemente, de no provocar, subsidiariamente, más manifestaciones del horror.

Volvamos a la raíz del asunto. En esto, como en todo, hay lenguas de todos los colores. Y una de las más oídas es esa que defiende el pacifismo como condición sine qua non, la visión del mundo como un cuento de Disney y la pueril ingenuidad de que la mediación o la educación pueden ser instrumentos para dar soluciones a corto plazo. No, ésta no es la postura oficial de los gobiernos, desde luego, pero sí la de un conjunto de ‘sabios’, indudablemente formados y reputados que, en uso de su autoridad intelectual, vienen a decirnos que a un individuo dispuesto a acabar con su propia vida como quien se arranca un padrastro, se le puede disuadir o, incluso, reconvertir a la razón, a través de la integración y la construcción de una sociedad de valores. Perdonadme la expresión, pero, ¿se puede ser más estúpido? Quisiera ver a uno de estos iluminados explicándole los tratados de Sócrates, Aristóteles o Platón a un tío que le apunta con un fusil detrás de una mirada tan fría como decidida.

Si hemos llegado a esta situación, sí, es cierto, ha sido por no haber conseguido construir de manera universal un modelo de sociedad común en cuanto a valores y, por supuesto, por haber enarbolado, tantas y tantas veces, al dios de turno como bandera de nuestras causas. Porque, el ser humano, en esa necesidad de crearse un juez supremo digno hacedor de juicios sobre su conducta, ha llegado a atribuirle a ese juez la voluntad de matar, de someter a los demás, ya que, según dicen las santas escrituras o según le han contado que dicen, es así como Dios lo quiere. Y no osemos ni por un segundo olvidar a la tan nuestra como infame Santa Inquisición –aunque naciera en Francia–, la mayor de las decodificaciones aberrantes que han existido de cuantos libros sagrados se hayan escrito.

inquisición
Uno de los 
múltiples 
métodos
de tortura de la 
Inquisición

Y siendo éstas las causas del choque de civilizaciones, como digo, sólo un teoricista enfermizo trataría el problema –que requiere de una solución urgente– desde una torre de marfil. Porque la solución que el ahora necesita es la de fumigar esta plaga.

No se me ocurriría atribuirle a la fuerza la vitola de panacea, mucho menos en un contexto tan complejo como el que envuelve a las cirucunstancias de Daish, y que nos exigirá un esfuerzo a largo plazo, si bien en estos momentos, lo necesario, lo que toca, es enfrentar la amenaza que nos acecha.

No cabe esperanza sin dejar de ver en Siria un tablero de ajedrez y asumir el futuro de su pueblo como una responsabilidad inherente a todo demócrata. No cabe esperanza si olvidamos que sirias, hay en todos los continentes.

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